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lunes, 8 de noviembre de 2010

HERMANOS VALENCIA



Biografía de los Hermanos Valencia:

Este maravilloso capitulo no lo quiero relatar yo, prefiero que lo narre Erasmo Valencia, el único sobreviviente del inolvidable trío y luego dueto de los Hermanos Valencia, quien esto manifestó:

"Yo me llamo Luis Erasmo Valencia y nací en Santa Bárbara (Antioquia) el 21 de abril de 1933. Mi madre se llamaba María de los Ángeles Valencia y mi padre Efraín Valencia, o sea que yo soy Valencia Valencia.

Soy el menor de once hermanos, pero sólo conocí a cinco de ellos, pues los demás murieron por diferentes causas antes de que yo naciera. Efraín el mayor fue violinista, Alfonso tocaba tiple, Argemiro lira y yo la guitarra... también estaba Gonzalo, pero ese no tocaba nada y sí era gran bailarín.

Claro que en mi casa los dos mejores músicos eran mi mamá y mi papá; ella tocaba tiple y mi viejo la guitarra. En la casa había una fonda y la gente llegaba:
-Don Efraín; dénos unas cervecitas, pero queremos música.

-Está muy bien cuadros.

Cuadros, era el trato de mi papá para los demás.

Y mi padre muchas veces despertaba a mi mamá y le decía:

-Gela; démosle gusto a esa gente.

Se levantaba mi mamá y comenzaban a cantarle a los parro­quianos de la fonda; pero a nosotros, que éramos sus hijos, nos encerraban con llave y no nos dejaban ver. Entonces hacíamos como dice el disco, Te estoy mirando por el ojo de la llave y eso nos gustaba mucho, hasta que un día yo le dije a mi mamá:

-Mamita: ¿por qué no me enseñas el tiplecito? -Pero que no se dé cuenta tu papá.
Comenzó a enseñarme los tonos del tiple y yo era como una grabadora, pues escuchaba una canción dos veces y la retenía completa.

Entonces me iba para una cantina que había en las afueras del pueblo y donde tocaban muchos pasillos, pero no cantados sino de música sola; yo era un niño en ese tiempo y muchas veces me persiguió la policía porque estaba en la puerta de esa cantina. Luego me iba a la casa y sacaba tres o cuatro de los pasillos que había escuchado:

-Mamá bájame el tiplecito.

-Pero lo guarda antes de que venga su papá.

Entonces se pegaban mis otros hermanos, que ya también tocaban guitarra y lira y rápidamente sacábamos los números y todo al escondido de mi papá.

Pero un día llegó mi papá antes de la hora debida y nosotros estábamos tocando con tiple, lira y guitarra. Al hombre casi le da un infarto, nos miró fijamente y se recostó contra un muro como si se fuera a desmayar; entonces dijo mi mamá:

-¡Muchachos, sigan tocando!

-Gela; no seas alcahueta; ¿cómo permitís que estos mucha­chos se metan en esto?

-Pero Efraín, ¡déjalos!; ¿no ves como tocan de lindo? -¡A mí no me parece eso!

-Escúchalos... escúchalos.

Al fin aceptó; pero desde ese momento hizo negocio con no­sotros, pues ya la gente llegaba a la fonda y:

-Don Efraín; ¿verdad que los niños tocan?

-Sí, cómo no, cuadros.

Entonces ya no despertaba a mi mamá sino a nosotros; como yo era el niño, me echaban plática en el bolsillo y estaba tan pe­queño que me tocaba recostar la guitarra en una silla, porque de lo contrario no alcanzaba.

Efraín le pagó a un tipo para que le enseñara el violín, pero yo también lo aprendí y lo mismo la lira. Entonces nos fuimos crecien­do y nos llamaban de veredas, del mismo pueblo y mientras noso­tros tocábamos, mi papá era como un gerente; trabajábamos en algunas cantinas de Santa Bárbara y nos gustaba interpretar músi­ca de Los Cuyos, el Conjunto América y todo por ese estilo.

Ya un poquito mayorcitos, nosotros no sabíamos tomar nin­gún trago y en las cantinas la gente nos decía:

-¿Qué van a tomar muchachos?, ¿cerveza o aguardiente?

-No señor; una Carta Roja.

En cierta ocasión llegó a Santa Bárbara el famoso dueto Es­pinosa y Bedoya; y somos tan de buenas, que nos oyeron tocando y se encapricharon de la música de nosotros; incluso ellos nos dijeron:

-Muchachos; ustedes pueden grabar. Nosotros los podemos ayudar con la disquera.

Y yo me ponía a pensar:

-Nosotros; ¿sí seremos capaces de grabar?; nosotros, ¿que ni siquiera hemos ido a la escuela, que no sabemos ni leer ni escri­bir y que sólo nos hemos pasado la vida boliando azadón o co­giendo café?

Llegamos Los Hermanos Valencia a Medellín y fuimos a Emi­sora Claridad, donde nos grabaron en un acetato el corrido Mu­jer traidora.

Te desprecio mujer por traidora...

Entonces conseguimos platica prestada, pues creíamos que en la disquera nos iban a cobrar por grabar. Llevamos el acetato a Sonolux y nos dijo don Otoniel Cardona:

-¡Esto está belleza hombre!; vengasen el viernes a grabar.

Y nosotros con esa fiebre que teníamos por escucharnos en grabación, solo pensábamos:

-¿Cuánto nos irán a cobrar por grabar?

Me acuerdo que estábamos vestidos muy montañeritos, pues yo tenía unos zapatos que había sacao fiaos, unas camisetas las verriondas, unos guayos grandes y un pantalón de dril; mejor di­cho, parecíamos unos payasos, de sombrerito y camisa muy or­dinaria.

Ese día hicimos Mujer traidora y le pusimos de respaldo el pasillo El último canto; terminamos la grabación a las 3 de la mañana. Quería recordarle también que en Santa Bárbara cuando nos pedían Mujer traidora, la gente decía:

—Muchachos, canten la canción de todos.

Lo cierto es que esa primera grabación fue todo un éxito, fue algo maravilloso, eso fue inolvidable y ¡perdone que me ponga a llorar cuando lo recuerdo!

Nosotros volvimos al pueblo a lo de siempre, a boliar aza­dón; pero se volvió frecuente que en el filo de la montaña gritara un muchacho:

-¡Hey; Los Valencia!; que los necesitan en el pueblo unos señores de la casa grabadora.

Nosotros soltábamos el azadón y a pedirle permiso al patrón; llegábamos al pueblo y:

-Muchachos; ¿qué se van a tomar?, ¿whisky?, ¿cerveza?, ¿brandy?

-No señor; nosotros tomamos Carta Roja.
Todavía estábamos sudorosos y hasta con tierra en la mano; pero al otro día nos encontrábamos grabando nuevamente en La Voz de Antioquia. Recuerdo que hasta prestábamos los pasajes y a las 6 de la mañana cogíamos una camionetica que subía de La Pintada; en ese tiempo los Hermanos Valencia éramos, Alfonso en el tiple, Argemiro lirista y primera voz y yo la segunda voz y guita­rra puntera. Posteriormente dejamos la lira y el tiple y nos dedica­mos a las guitarras.

En esos tiempos nos pagaban cien pesos por cada grabación, pero eso era lo que nos ganábamos en dos semanas y media boliando azadón.

Posteriormente a Argemiro le dio por componer, pero lo gra­ve es que ninguno de los tres sabíamos leer o escribir. Nosotros mismos fabricamos un requinto y con él fue que grabé Mujer trai­dora, porque guitarra buena sólo tuvimos cuando la gente nos decía:

-¡Hombe, organícesen!

Hasta nos compramos un cachaco y como a mí me daba pena llegar al pueblo vestido así, entonces me lo quitaba y lo enzurullaba en un maletín.

Como le decía; los hermanos míos sacaron unas letricas y les pusimos música:

Amorcito de mi alma, amorcito que te vas, quién me dará la calma, par a poder soportar...

Ésta se llama El turpial no canta ya; es un vals ranchero que lo llevamos a Zeida y ¡eso fue otro palazo, un éxito tan gran­de que otra vez me pone a llorar cuando lo recuerdo!... también grabamos en Cromodiscos; y en Sonolux los pasillos El mon­tañero, Fúlgido engaño, Idolatría y El único remedio, la zamba Todo se ha ido y el corrido Infeliz mujer; en Discos Zeida nos tocó grabar los corridos Todo por ella y Vuelves a mí.

En cierta ocasión Argemiro se fue a boliar azadón al Valle del Cauca y esa semana teníamos grabación; entonces fuimos Alfonso y yo, y me tocó a mí hacer la primera voz, pero de los títulos de las canciones no me acuerdo.

Luego murieron nuestros viejos y nos quedamos los tres so­los en ese caserón tan grande; después Alfonso se organizó, Argemiro montó una cantina en el pueblo y me quedé yo solo en esa inmensa casa; pero un día cualquiera que yo estaba muy en­fermo, me fui para La Virginia con Argemiro y hasta la fiebre se me quitó... y otra vez boliando azadón; ahí se acabaron las grabacio­nes. Esto sucedió en 1970.

Otro éxito nuestro fue la parodia que le hicimos a Perdón mujer; y se me olvidaba contarle el origen de otro palazo que grabamos nosotros y que se llamó Qué te pasó.

Que te pasó mujer que ya no me amas, que al mirarte no me correspondes se acabó el oro, el gusto era la plata...

Éste lo compusimos cogiendo café. Resulta que Efraín el her­mano mío tenía una amiguita y a él lo llamábamos por apodo "Mé­dico"; y un día nosotros le dijimos:

-¿Qué te pasa "Médico"?, ¿te dejó la vieja? –
¡Esténse callaos par de bobos!

Entonces Argemiro y yo hicimos la canción, pero le aseguro que la hicimos en el cafetal, porque así era como nosotros compo­níamos las canciones, o ¿no se acuerda que ninguno de los tres sabíamos leer ni escribir?".

Cabe también anotar que los Hermanos Valencia grabaron para Discos Gloria el porro Vuelve diciembre y el merengue No me caso.

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